domingo, 23 de marzo de 2014

Estado de las cosas 3/3: desenlace

Desenlace :: Canon EOS5D MkIII | ISO100 | Canon 17-40 @17mm | f/9.0 | 1/125s
Desenlace 

A las dos y media de la madrugada Victoria Valiente salió a la calle. Apenas llevaba nada encima, ... ni dinero, ni rumbo, ni ropa, pero ... lo poco que llevaba lo había escogido a conciencia.

Llegó al portal del edificio como un reflujo de marea negra, embadurnando con su olor a mujer la ausencia blanquecina y mustia de los rellanos. Pero después de haber fluido con cautela sigilosa de felino, sin que nadie más allá de ella misma y del eventual espíritu atormentado de su padre pudieran llegar a saber de su marcha, arrancó un grito cruel del inaccesible foso de sus pulmones. Rebotó el alarido descomunal contra todas las paredes imaginables, quebró la placidez de la noche de los más insomnes y brotó como una pesadilla patética en el ánimo de los dormidos. El bramido bestial y obscuro trepó por el hueco de la escalera, multiplicándose en cada rincón, con el eco doloso de su mismo reflejo. Inundado de sí mismo llegó incluso a quebrar el aire de la noche, cuando los añicos incoherentes del sonido deformado se dispersaron por el cielo de Barcelona como una nube de tormenta. Luego, como si el grito fuera el relámpago, brotó tenue pero creciente el grave trueno quejumbroso del portón, descerrajado con rabia - de un trancazo seco, contra el marco del portal.

Cuando se encendieron las primeras luces en el edificio, Victoria ya doblaba la esquina. Las luces parecían contagiarse, las unas a las otras, hasta que todo el edificio parecía una tea agitada al viento. Los niños lloraban y se oían las primeras voces confusas. Los hombres valientes, como todos los que mueren huyendo de su destino, bajaron en formación incoherente de a diez. También bajó Paula con ellos, que dicen las malas lenguas, y malas lo son todas, que en el segundo primera ella es el hombre de la casa y en la casa no hay más virilidad que la suya.

Para entonces, Victoria Valiente ya estaba lejos. La negritud de su piso contrastaba con la claridad nerviosa de los balcones colindantes. Los niños seguían llorando y ya todas las voces se oían confusas.
En la distancia se escucharon también las sirenas urgentes de la policía. Huida ella de la escena del crimen, de su recuerdo no quedaba más que cientos de añicos hechos de vidrio roto y un estupor de miedo ancestral, prehistórico, de muerte entre colmillos, clavado con estrépito en el corazón de todos cuantos la oyeron rezar, ... porque también se puede rezar con rabia y con odio ... y con mucho dolor. Ya no queda tierra bajo los pies, ni cielo sobre la cabeza. ¿Cómo no gritar? También yo estoy aterrada, ... también yo tengo miedo.